DESDE EL HUÉMAC
Daniel Rodríguez Pérez
El 13 de marzo del 2020, los medios de comunicación daban a conocer una nueva enfermedad que parecía peligroso para la humanidad, se hablaba de una ciudad desconocida en muchas latitudes del globo terráqueo, Wuhan, China como el lugar de origen de un mal que encendía las alarmas en el mundo entero ya que, al ser adquirido, sus consecuencias eran letales.
La propagación fue a una velocidad tal que, la Organización Mundial de la Salud, no vaciló en declarar emergencia sanitaria y, a la postre, la presencia de una pandemia; la ciencia se enfrentaba ante un reto mayúsculo ya que, hasta ese momento, no había un tratamiento conocido contra el COVID-19.
En México, las autoridades creyeron lejano el escenario, pero el 13 de marzo del 2020, se notificó a los padres de familia que las clases en el nivel básico, y algunos otros, se suspendían hasta nuevo aviso; parecía que era cosa de algunas semanas para regresar a las actividades habituales; el receso vacacional, de aquel momento, se debió adelantar. El tiempo de espera vio pasar el calendario en meses, en años.
El gobierno federal, de aquel momento, no estaba ni remotamente preparado para hacer frente a la pandemia; los efectos se dejaron ver, principalmente, en dos ámbitos: el de la salud y la educación pública.
Los servicios hospitalarios fueron insuficientes, las autoridades negaron el colapso pero, quien tuvo la desgracia de requerir servicios médicos, constataron que no había ni camas, ni ventiladores, ni medicamentos, ni recurso humano para atender la eventualidad.
A pesar de que el titular del Ejecutivo Federal aseguró que, contaríamos con los ventiladores y la vacuna de manufactura nacional, parece que ese día aún no llega.
Las medidas emergentes en el ámbito educativo, con más fallas que aciertos, con más desatinos que eficacia y carentes de un real impacto en la continuidad y adquisición de los aprendizajes en el alumnado, sirvieron como placebo.
Así, se establecieron las clases a distancia y el programa “aprende en casa”; la cobertura de la señal de televisión abierta, no abarcaba la totalidad de la geografía nacional, un alto porcentaje de la niñez no podía sintonizar las clases por ese medio; la conexión de internet deficiente e inalcanzable para muchos, sin mencionar la posibilidad de contar con un dispositivo móvil o una computadora apta, dejó fuera a niñas y niñas de las clases en línea.
Desde un escritorio surgió la brillante idea de acreditar a todo el alumnado por el solo hecho de estar inscrito en una escuela; así, sin más, se dio la promoción al grado inmediato para no generar un caos educativo.
Aún no se sabe de los resultados positivos del programa “aprende en casa”; de hecho, dejó de proyectarse en los canales donde eran trasmitidos esos contenidos, con un sigilo absoluto. Nada se sabe del impacto positivo que debió tener en el proceso enseñanza aprendizaje. La pesadilla, que inició en aquella fecha, dejó tragedias en miles de familias mexicanas.
El rezago educativo
Los estragos causados, en la educación básica, siguen presentes; las secuelas son evidentes a tal grado que, la NEM, sigue con la acreditación del alumnado con medidas que no atacan, de raíz, el rezago educativo existente.
Hoy está, implícitamente, prohibido colocar evaluaciones reprobatorias, sin importar que los procesos de desarrollo del aprendizaje no sean cumplidos a cabalidad.










